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martes, 10 de enero de 2012

Aquel niño que ha llegado a viejo: El Patio de Don Juan

Aquel niño, que ha llegado a viejo, nació en Ceuta el 12 de abril de 1.924, por lo que suscribe los versos del poeta José María Arévalo:
             
                                 Caballa hasta los huesos me proclamo
                                         Tu amante y soñador de siempre he sido.
                                         Y soy el más feliz porque he nacido
                                         en la tierra de España que más amo



Aquel niño nació en la calle José Luis de Torres, número 93, en el Patio de Don Juan. 


¿Y quién era José Luis de Torres? Pues un periodista, Diputado por el Distrito y que participó al Ayuntamiento de Ceuta, que el Senado había aprobado definitivamente el proyecto de la jurisdicción civil para la Ciudad. Las gestiones que había hecho el Sr. de Torres y su feliz terminación fueron las causas para que se le pusiere nombre a una calle, hecho que ocurría el 26 de junio de 1.914.

Mas no fueron muchos los años que disfrutó el Sr. de Torres con su calle, pues posteriormente pasó a llamarse Primo de Rivera, luego Soberanía Nacional, posteriormente Falange Española y, en la actualidad, como se la ha conocido popularmente, calle Real. El número cambió del 93 al 81 y, hoy día, 61. Menos mal que algo baja: los números de las calles.

¡Cambio de nombres de calles! Recuerdo, aquí en Córdoba, a Don Rafael Navarro, a la sazón profesor de latín del Instituto Femenino "Luis de Góngora". Don Rafael, muy buen profesor por cierto, lo había sido mío en Ceuta. Aquí, con cierta frecuencia nos veíamos, charlábamos, tomábamos café juntos, por cierto en una cafetería llamada “La Gloria”, cuyo dueño se apellidaba San Pedro. La primera vez que me preguntó que dónde podríamos tomar café, le respondí que yendo con un cura, iríamos a la “Gloria”. Un día, nada más verme, me suelta:

        “¿Es verdad que en tu pueblo le han quitado el nombre a mi calle? Me he encontrado con el hijo de Doña Sara Pérez Naya, la directora de la Escuela de Comercio, y me lo ha dicho. Además, al ver la cara que he puesto, me responde:
“Don Rafael, no se ponga Ud. así, porque se la quitarán a Franco y a José Antonio, que son más importantes que Ud.”
        Esto ocurría en plena época franquista y aquel joven bancario supo predecir lo que acontecería al cabo de unos años.
        La calle Deán Navarro Acuña discurre por la cara sur del Mercado Central de Abastos.
       
¿Y quién era Don Juan? Su nombre completo fue Don Juan Francisco Jiménez Atienza, nacido el 21 de mayo de 1.881 en Santo Tomé (Jaén). Hizo el servicio militar en Málaga, en el Arma de Caballería, siendo el Capitán de su escuadrón el luego célebre General Gonzalo Queipo de Llano.
        Su llegada a Ceuta la sitúo anterior a 1.909, pues en febrero de este año falleció su madre y fue enterrada en Ceuta, donde residía.

        Su comienzo fue como relojero, de ahí su amistad con Odón Carrasco, quien tenía la joyería “La Columna”(por una columna junto a la puerta de entrada) en plena calle Camoens y cuyas hijas, bastantes años después regentaban la joyería, frente por frente de donde su padre se había establecido.

        Don Juan tuvo un garaje y sobre 1.922 disponía de un cine en el antiguo solar donde estuvo la pescadería, que dio paso al edificio de la denominada Casa Trujillo, inaugurado en 1.926.
        Recuerdo de haber visto, cuando niño, el aparato de proyección, un cubo de unos 45 cm. de arista y que disponía de un juego de lentes plano-convexas, que me encantaba jugar con ellas. El taquillero del cine era Rafael, sobrino de Don Juan.
        Mientras tanto, Don Juan, que vivía en la calle Alfau, y sería por 1.922, compró a Consuelo de Huelbes Gullón la casa de altos y bajos de José Luis de Torres marcada con el número 93, que lindaba por la cara norte con dos huertas. El terreno adquirido tenía algo más de 700 metros cuadrados.
Y ese es el comienzo del Patio de Don Juan.


Don Juan, en los años veinte regentó una sala de variedades en la calle Peligros, 

y a finales de la década poseía el Restaurante “La Plata”. Estaba situado en la Plaza de los Reyes, en su vértice NE, formando ángulo con la delegación de Gobierno, lo que hoy es Caja Madrid. 
En el antiguo restaurante se situó una entidad bancaria, que luego se trasladó a la Plaza del Teniente Ruiz.
Los primeros pisos, o partidos, del Patio de Don Juan son muy modestos, construidos para gente muy humilde, de poco poder adquisitivo. Constaban de una sola habitación, que era el dormitorio, y se accedía por una pequeña estancia donde existía un poyete con un fogón: era la cocina. Los servicios estaban fuera y eran de uso común para unos cuatro vecinos. Existía, en el patio central, un pilón con un grifo enorme que, a presión, suministraba el agua. El alquiler era de veinte pesetas. En uno de ellos vivía María Losada, de El Puerto de Santa María, con su hija Pepa Moreno, tuerta, adonde yo solía ir a la caída de la tarde para verlas encender el quinqué, aparato con el que solían alumbrarse. Se dedicaban al servicio doméstico, donde ganaban 35 pesetas mensuales. Me encantaba estar con ellas, pues Pepa tenía gran habilidad para narrar los cuentos.
También había partidos de dos habitaciones y una pequeña cocina. Alquiler: 40 ó 45 pesetas. Ni que decir tiene que el combustible usado era el carbón de leña, para lo cual las mujeres iban al Patio de la Tahona, en el número 69 de la calle Real, donde María suministraba tan tiznante producto. Como la gente joven, y no tan joven, ignora cómo se encendía el fuego, lo explicaré brevemente. Un trozo de trapo, a veces papeles, se impregnaba de aceite o petróleo-recordemos que muchas casas utilizaban quinqués para el alumbrado- se hacía arder, previamente colocado en el carbón junto al fogón, se cubría con el carbón de canutillo, pues los pedazos más gruesos ocupaban los laterales, y con un soplillo de esparto se agitaba hasta lograr que el carbón ardiese uniformemente. Parece ser que un día de caluroso verano, llegó un barco de turistas al muelle de la Puntilla y un avispado mancebo se acercó a ellos ofreciendo el “typical spanish” para mitigar el calor. Lo que sí podemos decir es que hizo su agosto.
El tercer tipo de viviendas ya eran otra cosa. Disponían de tres habitaciones y una cocina amplia, con el servicio dentro. Su alquiler solía ser 60 ó 65 pesetas.
Ya en el año 1930 comienza la II fase del Patio de Don Juan. Se aprovechan las huertas de la cara norte y se construyen 17 viviendas, con dos dormitorios, comedor, cocina y servicio. Su alquiler, 65 pesetas. Mas los de la azotea, por tener una habitación menos, pagaban 45 pesetas. El nuevo edificio, de tres plantas y azotea, daba a lo que se denominaba Prolongación Linares E, y que se  llamó Almirante Lobo, con el número 9. Lo mejor es que comunicaba, a través del patio, la calle Real con la calle del Lobo. 

Hoy en día es la calle Salud Tejero, locutora que fue de Radio Ceuta, EAJ 46.
La calle del Lobo es una T. No había tráfico rodado, los críos jugábamos a nuestras anchas. Las hembras a sus casitas, el piso, pase misí, el escondite…Los varones, según el “año”. Creo que el “año” coincidía con las estaciones: el trompo, el “gua” con las arandelas, las bolas, los huesos de damasquillo y, todo el “año”, la pelota. Había que tener cuidado que la pelota no se “embarcase”, es decir, que no cayese en el interior de una vivienda. Todas las vecinas solían devolvernos nuestra pelota, todas menos Corina, enfermera de la cruz Roja, de carácter áspero.
La III fase del Patio de Don Juan comienza allá por el año 1935. Se construye en la cara oeste, medianera con el Patio de la tahona, un total de nueve partidos y uno más en la azotea. La entrada al piso es el comedor, a la izquierda un dormitorio y a la derecha el otro. Frente a la entrada, cocina y servicio. Ya son muy distintas estas viviendas a las primitivas del patio. Su alquiler, 65 pesetas. Tenían agua corriente y cisterna, como las que anteriormente se construyeron dando al callejón del Lobo. La Fiscalía de la Vivienda se creó en 1924, ya han pasado más de la mitad de los años treinta, no estamos en tiempos de la República, y las nuevas autoridades exigen la “cédula de habitabilidad” para poder alquilar una vivienda, y los modernos pisos incumplen una de las normas: los retretes no pueden dar a las cocinas. Don Juan se ve obligado a reformar el retrete-cocina, según se van desocupando las viviendas. Ahora los retretes no darán a las cocinas, pero sí, nada más entrar en una vivienda, tropezamos con la puerta del servicio. Años después, se agudiza el problema del agua en Ceuta, las viviendas sí tienen grifos, pero éstos se mueven menos que el casillero de la A. D. Ceuta.

Los sábados era el día de abonar a los albañiles su bien merecidos jornales. Don Juan solía llenar unos porrones de vino tinto, y su esposa preparaba unas suculentas tapas. Recuerdo aún las apetentes tortillitas de bacalao, los denominados “soldaditos de pavía”. Decía Don Juan que así, el obrero llegaba a su casa con todo el jornal, y evitaba la tentación de entrar en una taberna y tal vez gastar más de lo debido, que pertenecía a su mujer y a sus hijos.
Evoco que, de vez en cuando, repartía hogazas de pan, la voz se extendía y era una larga cola la que se formaba en las escaleras de acceso a su casa para recoger esa limosna. Pero ¡ay! Frente al patio estaba otro, llamado Patio del Túnel, donde vivía Victoria Mur, una señora lechera que compraba pan duro para sus cabras, y en alguna ocasión nos informaba que hasta ella llegaban individuos para venderle el pan recién recibido. Los hijos de la lechera, Juan y Quiteria Mateo Mur, suelo verlos por el verano, con salud quebradiza.
Yo era un niño afortunado, pues, de vez en cuando, un Sargento de Sanidad, José Heredia, vecino del patio, me invitaba al cine. El matrimonio de José con Aurora no tenía descendencia. Ya no vivían en el patio, el militar se retiró de teniente, y pusieron un pequeño puesto de periódicos en Jadú, calle Teniente Coronel Gautier. Les atendía una sirvienta musulmana, que tenía una hija, Aixa, muy buena estudiante, que fue la protegida de los Heredia y que casó con un oficial de las Fuerzas Armadas Marroquíes.
También Don Juan me invitaba a que lo acompañase en sus paseos matinales. Nos sentábamos en el Bar Kin o en el Bar Hispania. Un camarero colocaba la copa, un par de terrones de azúcar, envueltoa en su estuche de papel, la cucharilla, jarra de agua y vaso, para luego pasar a llenar la copa. El café iba en una cafetera que servían a gusto del consumidor, así como en otro recipiente iba la leche. Para mí era un espectáculo manejar cafetera y lechera, y llenar la copa. Don Juan era muy rumboso y no dejaba, estando él, que nadie abonase la consumición. Entre sus compañeros de tertulia estaban Remigio González Lozana, abuelo que fue de Manuel Chaves, Manuel Guerrero (funcionario de Hacienda), Francisco de las Heras Jiménez, abogado y procurador, diabético, sacaba su cajita y edulcoraba el café con sacarina. De las Heras murió asesinado el 11 de abril de 1936, en el interior del taxi donde viajaba, en la calle Canalejas, confluencia con las escalerillas del Molino. Crimen que, hasta el día de hoy, no se ha aclarado.
Don Juan falleció el 8 de noviembre de 1939. Fue enterrado al siguiente día en el nicho 172 de la Galería Central, del cual era propietario, así como del 171. Ambos nichos, adquiridos en enero de 1928, estaban cubiertos por una lápida esculpida por Eduardo Troyano, quién también había sido vecino del patio. Allí permanecieron sus restos hasta mayo de 1999, en que fueron trasladados a la denominada nave San Juan, por el derribo de la Galería Central, por su mal estado.
Casó con Doña Marcela Pérez Serrano, a quien también se la conocía como Doña Mercedes. 

Como no tenían descendencia, la instituyó heredera universal de todos sus bienes. Habiendo sido contraído el matrimonio en esta Ciudad y ser vecinos de la misma ambos contrayentes desde hace más de diez años, les es aplicable el “Fuero de Baylio”, vigente en Ceuta. Y con arreglo al mismo, se hacen comunes los bienes aportados al matrimonio y se reparten a la disolución como gananciales.
El Patio de Don Juan, 51 vecinos, estaba formado por gente de condición modesta. Había taxistas, carpinteros, albañiles, electricistas, policías, gente de la mar, suboficiales del ejército, marinos de guerra, pequeños funcionarios, etc.
En el año 1941 vivía en el patio el granadino Ángel Martín Lagos, Teniente del Regimiento de Infantería, que fue padre del que llevaba el mismo nombre y ocupó la Consejería de Gobernación del primer gobierno de Andalucía de Manuel Chaves.
Aparatos de radio no había más que tres, allá por los años treinta. Uno era de Don Juan y los otros dos, de ramón Goded, catalán, y de Francisco Vaquero, madrileño, ambos empleados de Radio Ceuta.
¿Qué si me acuerdo de los carnavales de Ceuta? Cómo no me voy a acordar, si en el patio vivía Roque Guerrero Ros, antes de mudarse al denominado Patio de las Gaseosas, porque allí, en el Callejón del Lobo, se elaboraban estas bebidas, así como sifones. Se podía acceder a la fábrica, también, a través del Bar Cantábrico, de Nicasio, y un pequeño borriquillo era el que, en una noria, ayudaba a la tarea. Recuerdo a Roque, a la caída de la tarde, con su blusa blanca, paño en el antebrazo, con un cesto, pregonando los garibaldis y monas, bollos de la época.
Compañero de Roque era Eugenio, vendedor de pescado, quien diariamente llegaba al patio con sus cestos cargados de frescos productos. La comida más socorrida para los pobres era la sopa de almejas, por lo barato que era ese producto. ¿Se han fijado Uds. En los precios de este molusco?
Pues sí, tanto a mi hermano menor como a mí nos vestían de “Pierrot” y a mi hermana, la más pequeña, de turca y ¡hala! Al baile infantil de disfraces que se celebraba en el Casino Africano, sito en el edificio denominado “Casa de los Dragones”.
Lo más divertido era ver pasar las máscaras. Algunas iban en camionetas, otras, andando. Todavía me acuerdo del disfraz de Antonio Ruiz de Conejo, disfrazado de “Pepona”, con sus zapatitos de charol, sus calcetines blancos tobilleros, su traje y su enorme lazo.
Aún me acuerdo del estribillo de alguna murga:

“Tú no sabes conducir
Ni coches ni camiones
Sólo sabes llevar
Un cesto de boquerones”

A veces pienso que podría ser dedicada por algún compañero a Eugenio. Éste figura, en una de las fotos salidas en la prensa local, al lado de Roque, sosteniendo en su mano derecha un jarrillo y una vara en la otra mano.



Otra murga popularizó:

“Al pasar por la Cruz Roja
lo primero que se ve
la mano de la Corina
poniendo el siete otra vez”

Vamos a intentar explicar esta coplilla. La Cruz Roja realizaba, y sigue realizando, una rifa, por aquel entonces de 200 números. Efectuaba el sorteo una enfermera llamada Corina. La Cruz Roja disponía de un método muy simple para informar del resultado, que consistía en colocar unas tablillas con los números agraciados, iluminados por una bombilla, y situados dichos números, a mano, a través del balcón de la sala donde se celebraba la rifa. Pues bien, una noche sale el 7, a la siguiente otra vez el 7. Cuando dos noches consecutivas salía el mismo número, la gente decía que estaba “caliente”. Tercera noche: otra vez el 7. En Ceuta, no se hablaba de otra cosa. Las autoridades pesan las bolas, presencian el sorteo y… 4º, 5ª, 6ª y 7ª noches consecutivas ¡¡el 7!! A ver, matemáticos: ¿probabilidad de que, entre 200 números, salga el 7 siete veces consecutivas?
Cuando por los veranos, aprovechando nuestras fiestas patronales, la Casa de Ceuta en Barcelona, organiza un viaje a nuestra Ciudad, acapara la atención de los medios (prensa, radio, televisión) Diego López Carrasco. Diego nació y vivió en el Patio de Don Juan.
Verano de 2005. Expone en el Museo de Ceuta nuestro paisano, residente en Getafe, Antonio Canca Serrano. Este pintor, de niño, vivió en el Patio de Don Juan.
También nacieron y vivieron en el patio, de niños, tres hermanos: Rafael, José Antonio y Carlos, docentes, hoy repartidos por la Península, también pintores, que han expuesto individual y conjuntamente, en Ceuta, Sevilla, Córdoba y Madrid, entre otras ciudades.
Qué abismo entre los primeros ocupantes de los modestos partidos del patio y los hijos o nietos de aquellos. Tenemos hasta un Doctor en Ciencias de la Información, Javier Ronda Iglesias, autor de diversos libros, entre ellos dos muy divertidos. Sus abuelos, Juan Ronda Marín y Frasquita León, así como su padre, el muy querido por nosotros Juanito Ronda, vivieron en el patio.
África Corbacho, Margarita López, Juan Fernández Pacheco, Nicolás Teodoro… la lista sería interminable.
Hasta hace muy poco, en el muro lateral del antiguo número 58 de la calle Real, había un pequeño hueco, que en su tiempo dispuso de puerta y permitía, mediante un interruptor situado en su interior, encender y apagar una luz roja existente en la desembocadura de la calle Real con la Plaza Azcárate. Como estamos por el año 1930, la circulación rodada  era en ambos sentidos y, bajo el control de un Policía Municipal, regular el tráfico. Fue el primer semáforo manual de la Ciudad. Pero, ¿nada más que vehículos? En el número 42 de la calle Real tenía su establecimiento un señor del que sólo diremos que se llamaba Don Luis y, como vendía instrumentos musicales, se le conocía como “el gordo de la música”, hombre de muy buen carácter. Como las aceras eran muy estrechas y este señor muy voluminoso y, dado que vivía en la calle Canalejas, había de atravesar la Plaza Azcárate. La estrechez de las aceras, la angostura de la calle, hacía que Don Luis no tuviese más remedio que caminar por el centro de la calzada, y el guardia que regular el tráfico cual si se tratase de un vehículo. Se cuenta que un mariquita pasó por delante de su establecimiento, le picó la curiosidad, abrió la puerta de cristales, y exclamó: “¡Pues no creí que era un cristal de aumento!”.
Con estas líneas he querido rendir un modesto homenaje a Don Juan y Doña Mercedes, mis padrinos de bautismo. Gracias a ellos, y a mis padres, Rafael y Adela, al Ayuntamiento de Ceuta, del que fui becario, y a Dios, por la intercesión de nuestra Santísima Patrona, la Virgen de África, que han permitido que yo haya sido el primer universitario del patio, viviendo en nuestra querida Ceuta hasta 1960, en que, por motivos profesionales, vine a Córdoba, y al partir recordé, una vez más, a José María Arévalo:

Adiós te digo Ceuta. Y esculpido
mi amor en la esmeralda que te brilla
se me enreda el dolor en mi mirada



Córdoba, 2006